Aunque el Parkinson se conoce como una enfermedad caracterizada por los trastornos de movimiento y el temblor, en sus inicios estos síntomas motores no aparecen. Normalmente la primera manifestación de la enfermedad en el 40% de los casos es la depresión, y en sentido inverso, las personas con depresión son tres veces más propensas a desarrollar esta enfermedad, como se recoge en un artículo académico publicado en la revista Neurology. A esta se unen una serie de síntomas no motores y tan generales y poco específicos como el estreñimiento, alteraciones urinarias o disfunción sexual, problemas de memoria, pérdida de olfato y muy habitualmente trastornos del sueño.

Todo esto hace que sea uno de los trastornos neurológicos más difíciles de diagnosticar. Un 52% de los afectados tardan entre 1 y 5 años en recibir el diagnóstico desde la aparición del primer síntoma y un 19% incluso más de ese tiempo. Además  la cifra de error de diagnóstico se sitúa en el 24% según la SEN (Sociedad Española de Neurología).

La enfermedad de Parkinson es una afección acrónica y progresiva. Es decir, a medida que la enfermedad avanza, los pacientes experimentan diversos grados de discapacidad funcional. En este sentido, el Parkinson tiene un gran impacto en la calidad de vida del paciente y aumenta a casi el doble la mortalidad de los mismos”, explica el Dr. Jordi Rumià Arboix, especialista en Neurocirugía, con más de 20 años de experiencia en Neurocirugía Funcional y Estereotáctica. “Aunque actualmente no existe ninguna cura para la enfermedad de Parkinson, algunos medicamentos o cirugía pueden mejorar sustancialmente los síntomas motores y la calidad de vida diaria de los pacientes”, añade.

El temblor parkinsoniano, que generalmente comienza a partir de los 60 años, aunque cada vez se diagnostica más por debajo de los 45, es uno de los factores que más influye en la depresión. La farmacología era hasta ahora la mejor forma de tratar los síntomas motores, sobre todo en los pacientes mayores de 70 años, ya que no son candidatos a la cirugía convencional por los riesgos que conllevan las operaciones craneales abiertas.

Actualmente los avances tecnológicos han posibilitado la reducción del temblor en un 80% mediante la aplicación de técnicas que combinan imágenes de resonancia magnética con ultrasonidos en tiempo real (ResoFus Alomar).

Mediante el uso de dichos ultrasonidos focalizados a veces se alcanza incluso una reducción del temblor del 98% sin necesidad de apertura craneal y con un 99% de seguridad, incluso en pacientes de edad avanzada. Siendo además un tratamiento ambulatorio.

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